miércoles, 16 de septiembre de 2015

¿LAS PALABRAS DE CRISTO PRUEBAN SU DIVINIDAD?

Cuando surge esta pregunta aún hoy quedamos impresionados...  y algo dentro de nosotros nos hace pensar en cómo el Padre y el hijo pueden ser una sola persona. Apoyandonos en la doctrina espirita  y tomando las palabras del Evangelio expuestas en Obras Postumas por el codificador  se esclarece acerca de este interrogante . Hoy en tiempos ulteriores nos remitimos a tal sabiduria para que tambien repasemos este recorrido del Cristo que a su paso por este planeta no dejo jamás de ser el Camino la Verdad y la Vida, es decir la enseñanza viva de parte de Dios ...


Dirigiéndose a sus discípulos, que disputaban acerca de quién de entre ellos
era el primero, les dijo tomando a un niño y colocándolo a su lado:
“Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera
que me recibe a mí, recibe al que me envió. Porque el que es más pequeño entre
todos vosotros, ése es el más grande." (S. Lucas, cap. IX, v. 48).
"El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a
mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió.". (S. Marcos, cap. IX, v. 37).
Jesús les dijo: "Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque
yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me
envió.”. (S. Juan, cap. VIII, v. 42).
Y Jesús les dijo: " Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que
me envió." (S. Juan, cap. Vll, v. 33).
“El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me
desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió.". (S. Lucas, cap. X,
v. 16).
 
El dogma de la divinidad de Jesús esta fundado en la igualdad absoluta entre
su persona y Dios, puesto que es el mismo Dios. Esto es un artículo de fe. Pues
bien, estas palabras tan repetidas por Jesús: El que me envió, atestiguan, no solo
la dualidad de las personas, sino que, como hemos dicho, excluyen la igualdad
absoluta entre ellas, puesto que el que es enviado esta necesariamente
subordinado al que lo envía, y obedeciendo, practica un acto de sumisión. Un
embajador, hablando del soberano, dirá: Mi señor, el que me envía: pero si
personalmente es el soberano, hablará en nombre propio, y no dirá: El que me
envió. Jesús lo dice, empero, en términos categóricos: Yo de Dios salí y vine, y no
de mi mismo.
Estas palabras: El que a mi me desprecia, desprecia a Aquel que me envió,
no implican igualdad y menos aun identidad; puesto que, en todos los tiempos, el
insulto hecho a un embajador ha sido considerado como hecho al mismo soberano.
Los apóstoles tenían la palabra de Jesús, como Jesús tenía la de Dios; y cuando
les dice: Quien a vosotros oye, a mi me oye, no entendía decir que sus apóstoles y
El constituía una sola persona igual en todo.
Por otra parte, la dualidad de personas, lo mismo que el estado secundario y
subordinado de Jesús con respecte a Dios, se desprenden inequívocamente de los
siguientes pasajes: "Mas vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en
mis tentaciones. Y por esto dispongo yo del reino para vosotros, como mi Padre
dispuso de él para mí. Para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os
sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel". (S. Lucas, cap. XXII,
v. 28, 29 y 30).
“Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis
oído cerca de vuestro padre.". (S. Juan, cap. VIII, v. 38).
“Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que
decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.” (Transfiguración; S. Marcos, cap. IX, v. 6).
"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles
con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él
todas las naciones; y los apartará unos de los otros, como aparta el pastor las
ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su
izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre,
heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.". (S.
Mateo cap. XXV, v. 3I a 34)
“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le
confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me
niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está
en los cielos. ". (S. Mateo, cap. X. 32 y 33).
“Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el
Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me
negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. ". (S.
Lucas, cap. XII, v, 8 y 9).
“Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se
avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de
los santos ángeles." (S. Lucas, cap. IX, v. 26).
 
Hasta parece que, en estos dos últimos pasajes, Jesús coloca por encima de
sí a los santos ángeles, que componen el tribunal celeste ante el cual sería él el
defensor de los buenos y el acusador de los malos.
“…pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a
aquellos para quienes está preparado por mi Padre.". (S. Mateo, capitulo XX, 23).
“Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis del
Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. El les dijo: ¿Pues cómo David en
el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi
derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le
llama Señor, ¿cómo es su hijo? (Mateo, XXII: 41-45)
 
Con estas palabras consagra Jesús el principio de la diferencia jerárquica que
existe entre el Padre y el Hijo. Jesús podía ser hijo de David por filiación corporal y
como descendiente de su raza, por lo cual se cuida de añadir: “¿Cómo David en
espíritu lo llama Señor?" Si hay, pues, una diferencia jerárquica entre el padre y el
hijo. Jesús, como hijo de Dios, no puede ser igual a Dios.
El mismo Cristo confirma esta interpretación, y reconoce su inferioridad
respecto de Dios en términos que hacen imposible toda duda.
“Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os
habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque EL PADRE MAYOR
ES QUE YO. ". (San Juan, cap. XIV, v. 28)
“Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida
eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios.
Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos." (S. Mateo, cap. XIX, v.
16 y 17.-S. Marcos, cap. X, v. 17 y 18. -S. Lucas, .XVIII: 18 y 19).
Jesús no solo no se supuso igual a Dios en ninguna circunstancia, sino que
en los anteriores pasajes afirma positivamente lo contrario, considerándose inferior
a él en bondad; y declarar que Dios le es superior en poder y cualidades morales,
es declarar que no es Dios. Los siguientes pasajes vienen en apoyo de este aserto,
y son tan explícitos como los que preceden
“Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me
dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su
mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me
lo ha dicho.". (Juan, capitulo XII, v. 49 y 50)
“Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me
envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o
si yo hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta, su propia gloria
busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en
él injusticia." (Juan, cap. VIl, v. 16, 17 y 18)
" El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no
es mía, sino del Padre que me envió.” (Juan, cap XIV, v. 24)
“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os
hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él
hace las obras."(Juan, cap. XIV, v. 10)
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero del día y la
hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre. (Marcos, cap.
XXIV, v. 35 y 36)
"Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces
conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó
el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el
Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada." (Juan, cap. VIII, v. 28 y 29)
“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad
del que me envió." (Juan, cap. VI, v. 38)
“Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el
Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio
de mí, que el Padre me ha enviado." (S. Juan, cap. V, v. 36)
“Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la
cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham." (S. Juan, cap. VIII, v. 40)
 
Desde el momento en que nada hace de sí mismo, que la doctrina que
enseña no es suya, sino que la recibió de Dios que le mandó que viniese a darla a
conocer; desde el momento en que solo hace lo que Dios le ha dado poder para
hacer y que la verdad que enseña la ha aprendido de Dios, a cuya voluntad está
sometido, no es el mismo Dios, sino su enviado, su Mesías y su subordinado.
Imposible es recusar de un modo más terminante cualquiera asimilación con
la persona de Dios, y determinar en más precisos términos su verdadera misión.
No son estos pensamientos ocultos con el velo de la alegoría, y que solo a fuerza
de interpretación se descubren; es el sentido propio expresado sin ambigüedades.
Si se objetase que, no queriendo Dios darse a conocer en la persona de
Jesús, nos ha engañado acerca de su individualidad, se podría preguntar en que
se funda esa opinión, y quién ha dado autoridad para penetrar en el fondo de su
pensamiento y dar a sus palabras un sentido contrario del que expresan. Puesto
que, durante la vida de Jesús, nadie lo consideraba como Dios, sino que se le
miraba, por el contrario, como un Mesías, le bastaba no haber dicho nada sobre el
particular si no quería ser tenido por quien realmente era. De su afirmación
espontánea, preciso es concluir que no era Dios, o que, si lo era, dijo voluntaria e
inútilmente una cosa falsa.

Es digno de notarse que San Juan Evangelista, en cuya autoridad se han
apoyado más para establecer el dogma de la divinidad de Cristo, es precisamente
el que proporciona los más numerosos y positivos argumentos en contra. De ello
puede convencerse cualquiera leyendo los pasajes siguientes, que nada añaden,
es cierto, a las pruebas ya citadas, pero que vienen en su apoyo, porque de los
mismos resulta evidentemente la dualidad y la desigualdad de personas: "Y por
esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía
estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora
trabaja, y yo trabajo." (S. Juan, cap. V, v. 16 y 17).
 
"Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que
todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al
Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al
que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de
muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los
muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el
Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí
mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del
Hombre. (Juan. cap. V. v. 22 a 27).
“También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis
oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros;
porque a quien él envió, vosotros no creéis. (S. Juan, cap. V, v. 37 y 38).
“Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que
me envió, el Padre.". (S. Juan, cap. VIII, v. 16).
 
"Estas cosas dijo Jesús, y alzando los ojos al cielo dijo: Padre, viene la hora,
glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”. - “Como le has dado poder
sobre toda carne, para que todo lo que le diste a Él les des a ellos vida eterna. Y
ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti solo Dios verdadero, y a Jesucristo a
quien enviaste.” "Yo te he glorificado sobre la tierra: he acabado la obra que me
diste a hacer. Ahora, pues, Padre, glorifícame tú en ti mismo con aquella gloria que
tuve en ti, antes que fuese al mundo. "Y ya no estoy en el mundo, mas éstos están
en el mundo, y yo voy a ti; Padre Santo, guarda por tu nombre a aquellos que me
diste: para que sean una cosa, como también nosotros.” "Yo les di tu palabra, y el
mundo los aborreció: porque no nacen del mundo, como tampoco yo soy del
mundo.” "Santifícalos con tu verdad. Tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste
al mundo, también yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me sacrifico a mí
mismo, para que ellos sean también santificados en verdad.” "Mas no ruego tan
solamente por ellos, sino también por los que han de creer en mi por la palabra de
ellos. Para que sean todos una cosa, así como tu, Padre, en mi, y yo en ti, que
también sean ellos una cosa en nosotros; para que el mundo crea que tu me
enviaste.” "Padre, quiero que aquellos que tu me diste estén conmigo en donde yo
estoy: para que vean mi gloria que tu me diste porque me has amado antes del
establecimiento del mundo.” "Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te
he conocido: y estos han conocido que tu me enviaste. Y les hice conocer tu
nombre, y se lo haré conocer: para que el amor con que me has amado esté en
ellos, y yo en ellos". (S. Juan, cap. XVII v. l, 5, II, 14, 17, 21, 24 y 26).
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y
tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre. ". (S.
Juan, cap. X, v. 17 y 18).
“Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús,
alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía
que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para
que crean que tú me has enviado. ". (S. Juan, cap. XI, v. 41 y 42).
“No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo,
y él nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como
el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí." (San Juan, cap. XIV, v.
30 y 31).
“Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he
guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor." (S. Juan,
cap. XV, v. 10). 
“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró". (S. Lucas, cap. XXIII, v. 46).
Puesto que Jesús, al morir, encomienda su Espíritu en manos de Dios, tenía
un alma distinta de Dios, sometida a Dios y par lo tanto no era el mismo Dios.
Las siguientes palabras revelan cierta debilidad humana, cierto temor a la
muerte y a los sufrimientos que tendría que arrostrar, y que contrastan con la
naturaleza esencialmente divina que se le atribuye; pero revelan al mismo tiempo
una sumisión que es la del inferior al superior.
“Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a
sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a
los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran
manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos
aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando
y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo
quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a
Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que
no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es
débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar
de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. ". (S. Mateo, cap. XXVI, v.
36 42)
"Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.
Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase
de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti;
aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.". (S. Marcos, cap.
XIV, v. 34, 35 y 36)
“Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se
apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró,
diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en
agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre
que caían hasta la tierra.". (Lucas, cap. XXII, v. 40 a 44)
“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama
sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo,
cap. XXVII. v. 46)
“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama
sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"
(Marcos, cap. XV, v. 34).
 
Los siguientes pasajes podrían originar alguna incertidumbre, y dar lugar a
creer en una identificación de Dios con la persona de Jesús; pero, aparte de que no
pueden prevalecer contra los precisos términos de los que preceden, llevan
además en sí mismos su propia rectificación.
 
“Entonces le dijeron: ¿Tú quién eres? Entonces Jesús les dijo: Lo que desde
el principio os he dicho. Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el
que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo." (Juan,
cap. VIII, v. 25 y 26).
"Lo que me dio mi Padre es sobre todas las cosas, y nadie lo puede arrebatar
de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una misma cosa".
 
Es decir que su padre y él son uno solo por el pensamiento, puesto que él
expresa el pensamiento de Dios y tiene su palabra.
 
"Entonces los judíos tomaron piedras para apedrearle. Jesús les respondió:
Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre, ¿por cuál obra de ellas me
apedreáis? Los judíos le respondieron: No te apedreamos por la buena obra sino
por la blasfemia; y porque tu siendo hombre, te haces Dios a ti mismo". Jesús les
respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, Dioses sois? Pues si llamó
dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, la escritura no puede faltar. ¿A
mí que el padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: que blasfemas, porque
he dicho, soy hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creéis. Mas si
las hago, aunque a mí no me queráis creer, creed a las obras para que conozcáis,
que el Padre está en mí, y yo en el Padre". (S. Juan, Cap. X, v. 29 a 38).
En otro capitulo, dirigiéndose a sus discípulos, les dijo:
"En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí
y yo en vosotros". (S. Juan, capitulo XIV, v. 20).
 
No ha de deducirse de estas palabras que Dios y Jesús sean uno solo, pues
de lo contrario sería preciso deducir de las mismas palabras que Dios y los
apóstoles son igualmente uno solo.

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