“A todo aquel que me confiese y me
reconozca ante los hombres, también yo lo reconoceré y lo confesaré ante mi
Padre que está en los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, también yo
lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos.” (San Mateo, 10:32 y 33.)
“Si alguien se avergüenza de mí y de
mis palabras, el Hijo del hombre también se avergonzará de él, cuando venga en su
gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles.” (San Lucas, 9:26).
La valentía de opinar ha sido de gran
estima entre los hombres, en todas las épocas, porque es un mérito desafiar los
peligros, las persecuciones, las contrariedades e incluso simplemente el
sarcasmo al que se expone, por lo general, quien no teme proclamar abiertamente
ideas que no son las de la mayoría. En esto, como en todo, el mérito está en
razón de las circunstancias y de la importancia del resultado. Siempre hay
debilidad en quien retrocede ante las consecuencias de su opinión y reniega de
ella. Con todo, hay casos en que se trata de una cobardía tan grande como la de
huir en el momento del combate.
Jesús resaltó esa cobardía desde el
singular punto de vista de su doctrina, cuando dijo que si alguien se
avergüenza de sus palabras, de ese también Él se avergonzará; que negará al que
lo haya negado; que reconocerá ante su Padre que está en los Cielos, a aquel
que lo confiese delante de los hombres.
En otros términos: los que tengan
miedo de confesarse discípulos de la verdad no son dignos de ser admitidos en
el reino de la verdad. Estos perderán el beneficio de su fe, porque se
trata de una fe egoísta, que guardan para sí mismos, y la ocultan a fin de que
no les ocasione perjuicios en este mundo.
En cambio, los que proclaman la verdad
abiertamente y la colocan por encima de sus intereses materiales, se ocupan de
su porvenir y, al mismo tiempo, del porvenir de los demás.
***
Somos exigidos constantemente por
problemas y circunstancias de la vida a esforzar nuestra voluntad.
Aunque dispongamos de muchas formas
para tomar una actitud determinada o desarrollar una cierta acción, casi
invariablemente estamos obligados a optar por un solo camino para expresar los
proyectos que han de construir nuestro destino.
Necesitando caminar mil leguas, sólo
adelantaremos realmente avanzando paso a paso.
De ahí la importancia de la existencia
terrena, temporaria y limitada en distintos aspectos, más rica y promisoria
como oportunidades que nos facultan a automatizar el bien en nosotros mismos,
mediante la posibilidad de ser buenos y útiles para con los demás.
Tomar decisiones es una necesidad
permanente.
Nuestra voluntad no puede ser fraccionada.
Idea, verbo y acto expresan
resoluciones de nuestra alma y ellos nos brindaran bendiciones de alegrías o
lecciones correctivas de nuestro yo.
Vacilación es sintonía de debilidad
moral, así como desánimo es índice de enfermedad.
La seguridad en el bien denuncia una
felicidad real, y la confianza de hoy preanuncia a la serenidad futura.
El progreso es fruto de nuestra
determinación.
No hay realización importante con intención
indecisa.
Excepto tú mismo, nadie decide tu
destino.
Si la oportunidad de la siembra es
eventual e infinita, el determinismo de la cosecha es inevitable.
Guardas contigo tesoros de experiencias
acumuladas en milenios, los cuales pueden crecer, aquí y ahora, conforme a tu
criterio y resolución.
Recuerda que la cuna de tu Espíritu
fulge lejos de la vida terrestre.
El objetivo de la perfección es una
inevitable bendición de Dios y la perennidad de la vida constituye el plazo
para nuestra purificación, sin embargo, el minuto que estás viviendo es tu
oportunidad para la selección de los valores, obedeciendo a lo que te marca tu
hora cierta y manifestando tus propias condiciones en el ilimitado camino de la
evolución.
(Decisión por André Luiz)
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