lunes, 13 de octubre de 2014

LA VALENTÍA DE LA FE


“A todo aquel que me confiese y me reconozca ante los hombres, también yo lo reconoceré y lo confesaré ante mi Padre que está en los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, también yo lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos.” (San Mateo, 10:32 y 33.)

“Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre también se avergonzará de él, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles.” (San Lucas, 9:26).

La valentía de opinar ha sido de gran estima entre los hombres, en todas las épocas, porque es un mérito desafiar los peligros, las persecuciones, las contrariedades e incluso simplemente el sarcasmo al que se expone, por lo general, quien no teme proclamar abiertamente ideas que no son las de la mayoría. En esto, como en todo, el mérito está en razón de las circunstancias y de la importancia del resultado. Siempre hay debilidad en quien retrocede ante las consecuencias de su opinión y reniega de ella. Con todo, hay casos en que se trata de una cobardía tan grande como la de huir en el momento del combate.

Jesús resaltó esa cobardía desde el singular punto de vista de su doctrina, cuando dijo que si alguien se avergüenza de sus palabras, de ese también Él se avergonzará; que negará al que lo haya negado; que reconocerá ante su Padre que está en los Cielos, a aquel que lo confiese delante de los hombres.

En otros términos: los que tengan miedo de confesarse discípulos de la verdad no son dignos de ser admitidos en el reino de la verdad. Estos perderán el beneficio de su fe, porque se trata de una fe egoísta, que guardan para sí mismos, y la ocultan a fin de que no les ocasione perjuicios en este mundo.

En cambio, los que proclaman la verdad abiertamente y la colocan por encima de sus intereses materiales, se ocupan de su porvenir y, al mismo tiempo, del porvenir de los demás.

***

Somos exigidos constantemente por problemas y circunstancias de la vida a esforzar nuestra voluntad.

Aunque dispongamos de muchas formas para tomar una actitud determinada o desarrollar una cierta acción, casi invariablemente estamos obligados a optar por un solo camino para expresar los proyectos que han de construir nuestro destino.

Necesitando caminar mil leguas, sólo adelantaremos realmente avanzando paso a paso.

De ahí la importancia de la existencia terrena, temporaria y limitada en distintos aspectos, más rica y promisoria como oportunidades que nos facultan a automatizar el bien en nosotros mismos, mediante la posibilidad de ser buenos y útiles para con los demás.

Tomar decisiones es una necesidad permanente.

Nuestra voluntad no puede ser fraccionada.

Idea, verbo y acto expresan resoluciones de nuestra alma y ellos nos brindaran bendiciones de alegrías o lecciones correctivas de nuestro yo.

Vacilación es sintonía de debilidad moral, así como desánimo es índice de enfermedad.

La seguridad en el bien denuncia una felicidad real, y la confianza de hoy preanuncia a la serenidad futura.

El progreso es fruto de nuestra determinación.

No hay realización importante con intención indecisa.

Excepto tú mismo, nadie decide tu destino.

Si la oportunidad de la siembra es eventual e infinita, el determinismo de la cosecha es inevitable.

Guardas contigo tesoros de experiencias acumuladas en milenios, los cuales pueden crecer, aquí y ahora, conforme a tu criterio y resolución.

Recuerda que la cuna de tu Espíritu fulge lejos de la vida terrestre.

El objetivo de la perfección es una inevitable bendición de Dios y la perennidad de la vida constituye el plazo para nuestra purificación, sin embargo, el minuto que estás viviendo es tu oportunidad para la selección de los valores, obedeciendo a lo que te marca tu hora cierta y manifestando tus propias condiciones en el ilimitado camino de la evolución.

(Decisión por André Luiz)

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