viernes, 22 de mayo de 2015
LA REGLA AUREA
"Amarás a tu prójimo, ti mismo." -Jesús (Mateo, 22:39.)
Indudablemente, muchos siglos antes de la Avenida de Cristo ya era enseñada en el mundo la Regla Áurea, traída por embajadores de la sabiduría y misericordia. Importa esclarecer, todavía que semejante principio era trasmitido con mayor o menor ejemplificación de sus expositores.
Decían los griegos: "No hagáis al prójimo lo que no deseáis recibir de él".
Afirmaban los persas: "Hacer como queréis que se os haga".
Declararon los chinos: "Lo que no deseáis para vosotros no lo hagáis a otros.
Recomendaban los egipcios: "Dejar pasar a aquel que hizo a los demás lo que deseaba para sí".
Adoctrinaran los hebreos: "Lo que no quieres para vosotros, no lo deseéis para el prójimo".
Insistía los romanos: "La ley grabada en los corazones humanos es amar a los miembros de la sociedad, sí mismo".
El antigüedad, todos los pueblos recibieron la ley de oro de la magnanimidad de Cristo. Profetas, administradores, jueces y filósofos, entretanto, procedieron como instrumentos más o menos identificados con la inspiración de los planos más altos de la vida. Sus figuras se apagaron en el recinto de los templos de iniciación o se confundieron en la tela del tiempo en vista de sus testimonios fragmentarios.
Con el Maestro, sin embargo, la Regla Áurea es la novedad divina, porque Jesús la enseñó y ejemplificó, no con virtudes parciales, sino en plenitud de trabajo, abnegación y amor, a la claridad de las plazas públicas, revelando se a los ojos de la Humanidad entera.
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