miércoles, 10 de septiembre de 2014

LA INDULGENCIA

“No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados según el modo como hayáis juzgado a los otros; y se empleará para con vosotros la misma medida que halláis empleado para con ellos.” (San Mateo, 7:1 y 2.)

 
LA INDULGENCIA
 (ESE. Cap X, ítem 17)


Sed indulgentes para con las faltas del prójimo, cualesquiera que sean. Sólo juzgad con seriedad vuestras propias acciones, y el Señor empleará la indulgencia para con vosotros, así como vosotros la habéis empleado para con los demás.

Sostened a los fuertes y animadlos a la perseverancia. Fortaleced a los débiles y enseñadles la bondad de Dios, que toma en cuenta hasta el menor arrepentimiento. Mostrad a todos, el ángel de la penitencia, que extiende sus blancas alas sobre las faltas de los humanos, y las oculta de ese modo ante aquel que no puede tolerar lo que es impuro. Comprended la misericordia infinita de vuestro Padre, y no os olvidéis jamás de decirle con vuestro pensamiento, y sobre todo con vuestros actos: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. Comprended el valor de esas sublimes palabras, pues no sólo la letra es admirable, sino también la enseñanza que encierra.

¿Qué solicitáis al Señor cuando le imploráis que os perdone? ¿Es sólo el olvido de vuestras ofensas? Ese olvido os dejaría en la nada, porque si Dios se contentase con olvidar vuestras faltas, Él no castigaría, pero tampoco recompensaría. La recompensa no puede ser el precio del bien que no se ha hecho, y menos aún el del mal que se ha causado, aunque ese mal haya sido olvidado. Al pedir a Dios perdón para vuestras transgresiones, le pedís el favor de su gracia para que no volváis a caer, así como la fuerza necesaria para entrar en un camino nuevo, el de la sumisión y el del amor, en el que al arrepentimiento podréis añadir la reparación. Cuando perdonéis a vuestros hermanos, no os contentéis con correr el velo del olvido sobre sus faltas, pues ese velo suele ser muy transparente a vuestra mirada.

Cuando los perdonéis, ofrecedles al mismo tiempo vuestro amor; haced por ellos lo que quisierais que el Padre celestial hiciera por vosotros. Reemplazad la cólera que mancha por el amor que purifica. Predicad con el ejemplo esa caridad activa, infatigable, que Jesús os ha enseñado. Predicadla como Él mismo lo hizo durante todo el tiempo que vivió en la Tierra, visible a los ojos del cuerpo, y como la predica también sin cesar desde que sólo es visible a los ojos del espíritu. Seguid ese divino modelo; no os apartéis de sus huellas; ellas os conducirán al refugio donde encontraréis el reposo después de la lucha. Cargad vuestra cruz, como Él lo hizo, y subid penosamente, pero con valor, vuestro calvario, pues en su cima está la glorificación. (Juan, obispo de Burdeos, 1862.)

 

Indulgencia (Emmanuel)

 
El Señor te ha dado:
La cuna en que naciste,
El aire para respirar.
La casa que te bendice.
El sol que ilumina.
El cuerpo donde estas.
La etapa del equilibrado,
La escuela que te ayuda.
La lección que te da la bienvenida.
El amigo que te apoya.
El pan que te da de comer
La fuente que calma.
La acción que renueva.
La fe que te sostiene.
El cariño que te nutre.
La flor que sirve de consuelo.
La estrella que te inspira.
La idea y el sentimiento.
La bondad y la alegría.
El trabajo y el hogar.
La oración y la esperanza...
La Indulgencia ante el Eterno,
Un cielo que te acompaña,
también complaciente,
Y utiliza la misericordia,
Para que la Paz Divina permanezca contigo,
En forma de Luz,
Para protegerte hoy y siempre.
Aunque todo hoy en día en la tierra te parezca sombra y derrota, prisión y desaliento, levanta tu corazón a Dios en forma de oración y ruégale a Él, fuerza y ​​confianza para hacer la luz donde la oscuridad y la desesperación reine, porque si ayer era el momento de nuestra muerte, ahora es el día de nuestra feliz resurrección


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