La tarea más urgente y más necesaria para cada uno de nosotros sería la de trabajar en el cultivo de nuestro Yo, en la reforma del carácter, a efecto de servir de ejemplo a aquellos que nos rodean y así, sucesivamente, a la sociedad entera. Actuando en tal sentido entraremos plenamente en los caminos de nuestro destino final, ya que la educación del alma es la finalidad última, el fin supremo de nuestra inmensa evolución. Recogeremos los frutos inmediatos resultantes de nuestros esfuerzos, mientras que si actuamos negligentemente nos privamos de las ventajas que de ellos devienen y de las alegrías que la ley reserva a todos aquellos que mucho trabajaren, mucho amaren y mucho sufrieren.
No siendo el estado social, en su conjunto, sino el resultado de los valores individuales, importa, antes que nada, obstinarnos en esa lucha contra nuestros defectos, nuestras pasiones, nuestros intereses egoístas. Mientras no hayamos vencido al odio, a la envidia, a la ignorancia, no se podrá lograr la paz, la fraternidad, la justicia entre los hombres y, en consecuencia, la solución de los problemas sociales permanecerá incierta y sin solución.
El estudio del ser humano nos lleva, pues, a reconocer que las instituciones, las leyes de un pueblo son la reproducción, la imagen fiel de su estado de espíritu y de conciencia y demuestran el grado de civilización al cual él llegó. En todos los intentos de reformas sociales es preciso hablar al corazón del pueblo, al mismo tiempo que a su inteligencia y a su razón.
La sociedad no es más que un agrupamiento de almas. Para mejorar al todo es preciso mejorar cada célula social, esto es, cada individuo. Expusimos anteriormente los desórdenes de nuestro tiempo, las miserias de nuestro siglo atormentado, así como demostramos sus principales causas. Hablamos del egoísmo de unos, de la rapacidad de otros; vimos el escepticismo fluir y reinar soberano; el alcoholismo, la corrupción desarrollarse por debajo y por encima de todo; la ignorancia sobre la finalidad de la vida, la incerteza en cuanto al mañana, al desconocimiento de los deberes más imperiosos, en una palabra, al debilitamiento de los caracteres y la corrupción de las costumbres. Si las mentalidades se hallan falseadas, si el libre albedrío ha disminuido, si la fuerza radiante del hombre mermó, es que la fe en un ideal superior, en la Causa Suprema se adormeció. Las bellas pasiones se extinguieron, los actos generosos que alimentaban la llama vivificante se muestran raros.
Mas, ¿de qué servirían las recriminaciones, las críticas vanas? Vale más procurar remedios, esto es, los medios de crear una sociedad más feliz y mejor, una sociedad en que la justicia, el Derecho y la Moral no serían más apariencias, sino realidades vivas. Mas, ¿dónde encontrar esa luz consoladora que esclarezca y balsamice a las almas en penurias, deteniendo a los desesperados al borde del suicidio, oponiendo un freno a las pasiones desenfrenadas que invaden al mundo?
Para eso, lo más esencial sería dar al pueblo una nueva educación basada sobre una doctrina espiritualista vasta y racional. Es preciso, antes que otra cosa, que los pensadores mantengan la luz y proyecten sus radiaciones sobre sus hermanos más ensombrecidos a fin de disipar las tinieblas que los envuelven; cabe a la escuela, sobre todo, inculcar en la juventud los principios regeneradores, pues no se forma una sociedad sin todas sus piezas y porque es preciso comenzar en la infancia a preparar la obra del siglo.
Es precisa una concepción simple, nítida y clara de la vida y del destino. Para coronar la educación popular es necesaria una alta moral liberada de preconceptos, de sectas y de castas; impregnada de piedad humana, de piedad para con todo y con todos, los que sufren, aquí en nuestro mundo, hombres y animales, pues estos últimos son muchas veces víctimas inocentes de la brutalidad humana.
La envidia y los celos engendran el odio entre las clases pobres. Es preciso anular el odio del corazón humano, pues con él no hay paz, armonía ni felicidad posibles. El odio no puede ser vencido por el odio, dice la sabiduría antigua; él no puede ser vencido sino por la bondad, la benevolencia y la tolerancia. Es provechoso no dejar de recordar a los escritores, a los renovadores, sus deberes y sus responsabilidades, pues con la pluma y la palabra ellos poseen un grande poder, tanto al servicio del bien como del mal. Que ellos recuerden en sus artículos o sus discursos que pueden ser, para cada receptor de los mismos, una causa de elevación o de inferiorización de su Ser. El peor de los papeles de este mundo consiste en trabajar conscientemente por el envenenamiento de las almas.
Tórnase imperiosa y necesaria la tolerancia en nuestras costumbres a efectos de no arrojar el anatema a aquellos que piensan de modo distinto al nuestro. Me hace bien reconocer, por mi parte, que, entre mis contradictores existen personas de méritos, dignas de consideración y estima. La nueva educación deberá insistir sobre la noción de las vidas sucesivas, pues, mientras esa grande doctrina no viniere a esclarecer el camino del hombre en la Tierra, la incerteza hará que siga él andando a tientas, cometiendo errores y todos los males que devienen de la ignorancia y de la finalidad última de la vida.
Del mismo modo que nos debemos destacar por el pensamiento de lo que representa nuestro minúsculo planeta y considerar el conjunto de los mundos para entrever la unidad del Universo y la majestad de sus leyes, es igualmente abrazando con un mirar el panorama de nuestras existencias que podremos conocer el lazo que las religa entre sí y las somete al principio de justicia que rige a todas las cosas. Entonces comprenderemos que construimos, nosotros mismos, nuestros destinos y que nuestros actos, buenos y malos, recaen sobre nosotros a través de los tiempos con todas sus consecuencias. Nuestra manera de pensar, vivir y actuar, de esta manera, y sin duda alguna, sería profundamente modificada.
Pero esto es imposible por dos razones: una moral y otra fisiológica. De acuerdo con la situación de la mayoría de nosotros, que estamos aún en los grados inferiores de la evolución, nuestras vidas pasadas no son, en general, sino un tejido de errores, de flaquezas, cuyo conocimiento, hipnotizándonos, paralizaría nuestra iniciativa y llegaría, incluso, a anonadar nuestros esfuerzos. Y desde el punto de vista fisiológico, nuestro cerebro material es incapaz de reproducir el recuerdo de los acontecimientos de los cuales él no participó. Pero en las profundidades de nuestra memoria, en lo que se denomina el subconsciente, todas las adquisiciones anteriores subsisten y de ahí provienen las actitudes, las facultades, los rasgos de nuestro carácter y todas las muestras que acusa nuestra personalidad, es decir, lo que hay de más esencial para el cumplimiento de la tarea de cada nueva vida.
Leon Denis
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