miércoles, 21 de octubre de 2015

LA MULTA MAYOR

 El recinto del tribunal estaba lleno, no tanto por la importancia de los crímenes que serían juzgados, sino por la presencia del prefecto de Nueva York, El fiscal, que acostumbraba, en esas ocasiones, sentenciar casos policiales simples, con decisiones que eran famosas por su contenido de sabiduría y originalidad. Uno de los acusados fue pillado im fragranti, robando pan en una panadería muy llena. El hombre inspiraba compasión: muy delgado, barba de días, las ropas en desaliño; ¡era la propia imagen de la miseria! El fiscal lo sometió, solemne, al interrogatorio, consultó los testimonios y, después de una rápida presentación, lo consideró culpable, aplicándole la multa de cincuenta dólares. La alternativa sería la prisión… Enseguida dirigiéndose a la pequeña multitud que acompañaba, atenta el juicio, dijo, perentorio:
– En cuanto a los presentes, están todos condenados a pagar medio dólar cada uno, cantidad que servirá para liquidar la deuda del reo, restituyéndole la libertad.
Y ante la estupefacción general, acentuó:
– ¡Están multados por vivir en una ciudad donde un hombre es obligado a robar pan para matar el hambre!
***** Todos nosotros, habitantes de cualquier ciudad del Mundo, estamos sujetos a una multa muy severa, a una sanción mucho más grave – la frustración de las enseñanzas de Felicidad, los desajustes interminables, las crisis de angustia – por vivir en un planeta donde las palabras fraternidad, bondad, solidaridad, son enunciadas como virtudes raras, cuando son apenas elementales deberes, indispensables a la preservación del equilibrio en cualquier comunidad. Dicen los Espíritus Superiores que la felicidad del Cielo es socorrer la infelicidad de la Tierra. Diríamos que solamente en la medida en que estuviésemos dispuestos a socorrer la infelicidad de la Tierra es que estaremos a camino de la Felicidad del Cielo. No hay alternativa. Nos podemos aislar de la multitud afligida y sufridora, pero jamás estaremos bien, porque la infelicidad es el clima crónico de los que se encierran en sí mismos. ¡Pero sirviendo son antenas que extendemos para la sintonía con las fuentes de la Vida y la captación de las Bendiciones de Dios!

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