miércoles, 9 de septiembre de 2015

PENSAMIENTOS

¿Los buenos o malos pensamientos del ser encarnado afectan la organización psíquica de
sus hermanos en la Tierra, a los cuales sean dirigidos?

Los corazones que oran y vigilan, realmente, de acuerdo con las lecciones evangélicas,
construyen su propia fortaleza, para todos los movimientos de defensa espontánea.
Los buenos pensamientos producen siempre el máximo bien sobre aquellos que representan su objetivo, por encuadrarse en la esencia de la Ley única, que es el Amor en todas sus divinas manifestaciones; los de naturaleza inferior pueden afectar a su objeto, en identidad de circunstancias, cuando la criatura se hace acreedora de esos choques dolorosos, en la justicia de las compensaciones.
Sobre todos los hechos de esa naturaleza, todavía, prevalece la Providencia Divina, que operala ejecución de sus designios de equidad, con misericordia y sabiduría.

VIVIR MEJOR


Todos queremos ser felices, vivir mejor.
Entretanto, oigamos a la experiencia:
La felicidad no es una alfombra mágica. Ella nace de los bienes que usted
esparce, no de aquellos que se amontonan inútilmente.
Esto es verdad tanto como que la alegría es la única donación que puede
hacer, sin poseer ninguna material.
Usted puede estar en dificultades y aliviar muchas dificultades de los
demás.
Aunque a veces sin ningún consuelo, usted dispone de inmensos recursos
para reconfortar y levantar a los hermanos en pruebas o penurias.
La receta de vida mejor será siempre mejorarnos, a través de la mejoría que
vengamos a realizar para los demás.
La vida es un Don de Dios en todos.
Y quien sirve solo para sí mismo, no sirve a los objetivos verdaderos de la
vida, porque vivir es participar, progresar, elevarse e integrarse.
Si aspiramos a vivir mejor, escojamos el lugar de servir en la causa del bien
de todos.
Para eso, usted no necesita condicionarse a los puntos de vista ajenos.
Forme en la hilera a los servidores que sean afines con sus aptitudes.
Alístese en cualquier servicio en el bien común.
Es tan importante colaborar en la higiene de su barrio o en la construcción
de una escuela, como auxiliar a un niño necesitado o dar apoyo a un
enfermo.
Procure la paz, garantizando la paz allá donde esté.
Viva en seguridad, cooperando en la seguridad de los demás.
Aprendamos a entregar lo mejor de nosotros a la vida que nos rodea y la
vida nos hará recibir lo mejor de ella misma.
Sea feliz, haciendo felices a los demás.
Salga al encuentro de los demás, pero no murmure, ni se queje de nadie. Y
los demás nos harán encontrar a Dios.
No juzgue que semejante instrucción sea asunto únicamente para usted, que
se halla en la tierra. Si cree que los llamados “muertos” están en paz
gratuita, el engaño es suyo, porque los “muertos” si quieren paz, que
aprendan a salir de sí mismos y a servir también.

FENOMENO Y DOCTRINA

Hasta hoy, los fenómenos mediúmnicos que se desdoblaron al margen del apostolado de Cristo se definen como un conjunto de tesis discutibles, pero las enseñanzas y actitudes del Maestro constituyen el macizo de luz inatacable del Evangelio, amparando a los hombres y orientándoles el camino.
Existe quien recurra a la idea del fraude piadoso para justificar la transformación del agua en vino, en las bodas de Caná.
Nadie vacila, sin embargo, en cuanto a la grandeza moral de Jesús, al trazar los más avanzados conceptos de amor al prójimo, ajustando teoría y práctica con absoluto olvido de sí mismo en beneficio de los otros, en un medio en que el espíritu de conquista legitimaba los peores desvaríos de la multitud.
Se invoca la psicoterapia para basar la cura del ciego Bartolomé. Hay, sin embargo, consenso unánime en todos los sitios, con respecto a la visión superior del Mensajero Divino que dignificó la solidaridad como nadie, proclamando que “el mayor en el Reino de los Cielos será siempre aquel que se hiciere el servidor de todos en la Tierra”, en un tiempo en que el egoísmo caracterizaba el trabajo a cuenta de extrema degradación.
Se habla de hipnosis para explicar la multiplicación de los panes. El mundo, sin embargo, a una voz, admira el coraje del Eterno Amigo que se consagró a los sufridores y a los infelices sin cualquier preocupación de posesión terrestre, aunque pudiese esca-lar los pináculos económicos, en una época en que, por regla gene-ral, hasta incluso los expositores de virtud vivían de engatusar a las personalidades influyentes y poderosas del momento.
Se cuestiona acerca de la reanimación de Lázaro. Sin embar-go, no hay quien niegue respeto incondicional al Benefactor Sublime que reveló suficiente osadía para mostrar que el perdón es palanca de renovación y vida, en un cuadro social en que el odio coronado interpretaba la humildad como bajeza.
Se debate, hasta ahora, el problema de su misma resu-rrección. Sin embargo, el mundo entero reverencia al Enviado de Dios, cuya figura renace, día a día, de las cenizas del tiempo, indicando la bondad y la concordia, la tolerancia y la abnegación por mapas de la felicidad real, en el centro de cooperadores que se multiplican, en todas las naciones, con el paso de los siglos.
Recordemos semejantes lecciones en la Doctrina Espírita. Fenómenos mediúmnicos serán siempre motivo de experimentación y de estudio, tanto favoreciendo la convicción, como nutriendo la polémica, pero educación evangélica y ejemplo en servicio, defi-nición y actitud, son fuerzas morales inamovibles de la orientación y de la lógica, que resisten la duda en cualquier parte.

EL TRABAJADOR DIVINO.

"Él tiene la pala en su mano; limpiará su era y juntará el trigo en su granero, mas quemará la paja con fuego que nunca se apaga." — Juan el Bautista. (Lucas, 3:17.)
 
 Apóstoles y seguidores de Cristo, desde las organizaciones primitivas del movimiento evangélico, lo designaron a través de diversos nombres. Jesús fue llamado el Maestro, el Pastor, el Mesías, el Salvador, el Príncipe de la Paz; todos esos títulos son justos y venerables; entre-tanto, no podemos olvidar, al lado de esas evocaciones sublimes, aque-lla inesperada presentación del Bautista. El precursor lo designa como trabajador atento que tiene la pala en las manos, que limpiará el suelo duro e inculto, que recogerá el trigo en la ocasión adecuada y que puri-ficará los detritos con la llama de la justicia y del amor que nunca se apaga.
Es interesante notar que Juan no presenta al Señor impugnando leyes, lleno de ordenaciones y pergaminos, ni se refiere a Él, de acuerdo con las viejas tradiciones Judaicas, que aguardaban al Divino Mensajero en un carro de glorias magnificentes. Se refiere al trabajador abnegado y optimista. La pala rústica no descansa a su lado, sino que permanece vigilante en sus manos y en su espíritu reina la esperanza de limpiar la tierra que le fue confiada a las salvadoras directrices.
Todos vosotros que vivís empeñados en los servicios terrestres, por una era mejor, mantened abierto en el corazón la devoción a la causa del Evangelio de Cristo. No nos cercenen dificultades o ingratitudes. Desdoblemos nuestras actividades bajo el precioso estímulo de la fe, porque con nosotros va al frente, bendiciéndonos la humilde cooperación, aquel trabajador divino que limpiará la era del mundo.

lunes, 7 de septiembre de 2015

ES PARA ESTO

“No retribuyendo mal por mal, ni injuria por injuria; antes, por el contrario, bendiciendo; sabiendo que pa-ra esto fuisteis llamados." – (1 Pedro, 3:9)

La fila de los que reclaman fue siempre numerosa en todas las tareas del bien.
En el apostolado evangélico, observamos, igualmente, esa regla general.
Muchos aprendices, en obediencia al pernicioso hábito, prefieren el camino de los atritos o de las disidencias escandalosas. No obstante, algún raciocinio más despertaría a la comunidad de los discípulos para mayor comprensión.
¿Nos invitaría Jesús a conflictos estériles, tan sólo para repetir los cuadros del capricho individual o de la fuerza tiranizante? Si así fuera, el ministerio del Reino estaría confiado a los obstinados, a los discutidores, y a los gigantes de la energía física.
Es un contrasentido deshacerse el servidor de la Buena Nueva en lamentaciones que no encuentran razón de ser.
¿Amarguras, persecuciones, calumnias, brutalidad, falta de entendimiento? Son viejas figuraciones que atormentan las almas en la Tierra. A fin de contribuir en la extinción de ellas es que el Señor nos llamó a sus filas. No las alimentes, prestándoles excesivo aprecio.
El cristiano es punto vivo de resistencia al mal, donde se encuentre.
Piensa en eso y busca entender la significación de verbo soportar.
No olvides la obligación de servir con Jesús. Es para esto que fuimos llamados.

EL HOMBRE DE BIEN

                                                                        Cap XVII Item 2
Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os
aborrecen: y rogad por los que os persiguen y calumnian. - Porque si amáis a los
que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los
publicanos? - Y si saludáreis tan solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
más? ¿No hacen esto mismo los gentiles? -"Sed, pues, vosotros perfectos, así como
vuestro Padre celestial es perfecto". (San Mateo, cap. V, v. 44, 46, 47 y 48.)

 El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de
caridad en su más grande pureza. Si pregunta a su conciencia sobre sus propios actos,
mira si ha violado esta ley; si no ha hecho daño, si ha hecho todo el bien "que ha
podido", si ha despreciado voluntariamente alguna ocasión de ser útil, si alguien tiene
quejas contra él; en fin, si ha hecho a otro lo que hubiera querido que hicieran por él.
Tiene fe en Dios, en su voluntad, en su justicia y en su sabiduría; sabe que nada
sucede sin su permiso, y se somete en todas las cosas a su voluntad.
Tiene fe en el porvenir; por esto coloca los bienes espirituales sobre los
temporales.
Sabe que todas las vicisitudes de la vida, todos los dolores, todos los
desengaños, son pruebas o expiaciones y las acepta sin murmurar.
El hombre penetrado del sentimiento de caridad y de amor al prójimo hace bien
por hacer bien, sin esperanza de recompensa; devuelve bien por mal, toma la defensa del
débil contra el fuerte, y sacrifica siempre su interés a la justicia.
Encuentra su satisfacción en los beneficios que hace, en los servicios que presta,
en las felicidades que reparte, en las lágrimas que enjuga y en los consuelos que da a los
afligidos. Su primer impulso es pensar en los otros antes que pensar en sí, buscar el
interés de los otros antes que el suyo propio. El egoísta, al contrario, calcula los
provechos y las pérdidas de toda acción generosa.
Es bueno, humano y benévolo para con todo el mundo, sin excepción "de razas
ni de creencias", porque mira a todos los hombres como hermanos.
Respeta en los demás todas las convicciones sinceras, y no anatematiza a los que
no piensan como él.
En todas las circunstancias la caridad es su guía; dice que el que causa perjuicio
a otro con palabras malévolas, que hiere la susceptibilidad de otro por su orgullo y
desdén, que no retrocede ante la idea de causar una pena, una contrariedad, aun cuando
sea ligera, pudiendo evitarlo, falta al deber de amor al prójimo y no merece la clemencia
del Señor.
No tiene odio, ni rencor, ni deseo de venganza; a ejemplo de Jesús, perdona y
olvida las ofensas y sólo se acuerda de los beneficios; porque sabe que él será
perdonado, así como él mismo habrá perdonado.
Es indulgente para con las debididades de otro; porque sabe que él mismo
necesita de indulgencia y se acuerda de aquellas palabras de Cristo: "Que el que esté sin
pecado arroje la primera piedra".
No se complace en buscar los defectos de otro ni en ponerlos en evidencia. Si la
necesidad le obliga, busca siempre el bien que puede atenuar el mal.
Estudia sus propias imperfecciones y trabaja sin cesar para combatirlas. Todos
sus esfuerzos consisten en poder decir al día siguiente, que hay en él alguna cosa mejor
que en la víspera.
Nunca procura hacer valer su imaginación ni su talento a expensas de otro; por
el contrario, busca todas las ocasiones de hacer resaltar lo que es ventajoso para los
demás.
No está envanecido por su fórtuna, ni por sus ventajas personales, porque sabe
que todo lo que se le ha dado, puede perderlo.
Usa, pero no abusa de los bienes concedidos, porque sabe que es un depósito del
cual deberá dar cuenta y que el empleo más perjudicial que pudiese hacer de ellos para sí
mismo, es hacerlos servir para satisfacción de sus pasiones.
Si el orden social ha colocado a los hombres bajo su dependencia, les trata con
bondad y benevolencia, porque son sus iguales delante de Dios; usa de su autoridad para
moralizarles y no para abrumarles por su orgullo, evitando lo que puede hacer más
penosa su posición subalterna.
El subordinado, por su parte, comprende los deberes de su posición y procura
cumplirlos religiosamente. (Cap. XVII, nº 9).
El hombre de bien, en fin, respeta en su semejante todos los derechos que dan las
leyes de la naturaleza como quisiera que se respetaran en él.
Esta no es la relación de todas las cualidades que distinguen al hombre de bien;
pero cualquiera que se esfuerce en poseerlas, está en camino de poseer las demás.

domingo, 6 de septiembre de 2015

EL ESPIRITU COMO ELEMENTO DE LA NATURALEZA

Los conceptos de naturalidad y de normalidad emanan de las experiencias de la Cultura
Empírica y subsisten en la Cultura Científica como residuos de aquella fase primaria. Esos residuos
emocionales se mantuvieron a lo largo de todo el proceso religioso, por estar enmarcados en el
concepto mágico y místico del Universo Misterioso, inaccesible a la comprensión humana común.
Las Religiones ligaron estrechamente esos conceptos a las nociones de sagrado y profano, mas no
tuvieron capacidad para superarlos.
El misticismo es una forma de locura, de fuga necesaria para el hombre ante la dureza de la
realidad objetiva, en donde las leyes de las estructuras palpables actúan de manera inflexible. El
místico es un tránsfuga de lo real.
El ansia de trascendencia del hombre sin motivaciones definidas lo lleva a rechazar el
mundo objetivo y a buscar como substituto una supuesta realidad, imaginada como mejor que lo
perceptible. Surgen de ahí las categorías de lo espiritual y de lo material, que, aunque confusas en
la fase mitológica, posteriormente provocan la división arbitraria y misteriosa de los conceptos
teológicos. Los principales factores de este proceso son.
• la intuición de la indestructibilidad del ser;
• el miedo a la muerte por considerarla como aniquilamiento total;
• el deseo de liberarse de la condición material.
 El ser es lo que es y se rehusa a dejar de ser lo que es. Se reconoce a sí mismo como forma
existente subjetiva, integrada en la estructura objetiva de la realidad material; pero sabe, por
experiencia empírica, que esa condición material es efímera y que fatalmente será deshecha por la
muerte. El instinto de conservación lo lleva a reaccionar contra esa fatalidad. Las pruebas de
supervivencia dadas por los fenómenos mediúmnicos no lo satisfacen porque esa supervivencia
espiritual lo desliga de lo sensible, lo único que le parece natural. El se apega a esa realidad a través
de una concepción mística indefinida, que le permite aceptar la posibilidad de una continuidad
natural después de la muerte.
Las momias y los mausoleos egipcios, el paraíso sensorial de los árabes y los dogmas
religiosos de la resurrección en el propio cuerpo carnal atestiguan esa esperanza en el mismo
proceso histórico. Hay personas cultas, aún hoy, que no consiguen concebir la supervivencia
humana después de la muerte en términos espirituales. Han condicionado su mente, de tal manera,
al mundo tridimensional, asustadas por los delirios de la cultura religiosa, que temen apartarse de la
seguridad sensorial de la materia. La concepción materialista del mundo, tan absurda como la
concepción mística, surge de la frustración del ser ante el pandemónium de las alucinaciones del
fabulario religioso.
Kardec tuvo que actuar con prudencia en la divulgación del Espiritismo, para que la
reacción violenta y fanática de las religiones no asfixiase en la cuna la nueva visión del mundo que
nacía de sus investigaciones mediúmnicas. Pero, en su libro El Cielo y el Infierno, colocó al
Cristianismo sincrético de la Iglesia en el banco de los reos y demostró que la mitología de los
clérigos era más absurda y más cruel que la del mundo clásico mitológico.
La vida eterna ofrecida por la Iglesia depende de quincallerías sagradas, de creencias
simplonas, de acondicionar la mente a un dogmatismo irracional; mientras que los mitos del
paganismo se enraizaban en la realidad empírica, en las experiencias naturales del hombre en el
mundo, y en la ley universal de la metamorfosis, de la incesante transformación de las cosas y de
los seres a lo largo del tiempo y del proceso histórico racional.
La indestructibilidad del ser no estaba condicionada en el pensamiento mitológico a las
exigencias de una institución religiosa artificial y autoritaria, sino a las condiciones visibles y
palpables de la realidad natural. La simbología mítica no creaba un quiosco de baratijas, no
dependía de un comercio de contrabandistas en las fronteras desguarnecidas de la muerte, sino de
las exteriorizaciones emotivas de la sensibilidad humana ante los misterios del mundo todavía
inexplorados.
La indestructibilidad del ser y, por tanto, su inmortalidad, surgía espontáneamente de la
indestructibilidad del mundo en donde las cosas y los seres se transforman según la ley natural, sin
depender de bendiciones o maldiciones sacramentales. Los dioses nacían de las aguas y de la tierra,
como nacen todas las cosas. Esa naturalidad del pensamiento mitológico fue rechazada por la
cultura teológica, que huyó de lo real hacia lo irreal, de lo natural hacia lo imaginario.
20. El miedo a la muerte como destrucción total del ser humano se compensaba, en el paganismo,
por la noción de la continuidad del alma más allá de las dimensiones de la materia. Sócrates expuso
bien esta cuestión al defenderse ante el tribunal de Atenas.
Según la Apología que Platón le dedicó, Sócrates consideró la muerte como natural y hasta
conveniente a la edad en que él se encontraba. Recordó que los jueces que lo condenaban también
estaban ya condenados y analizó las dos alternativas de la muerte: o sobrevivir a ella y encontrar a
los sabios del pasado en el plano espiritual, lo que sería una felicidad; o no sobrevivir y disolverse
en el todo, lo que sería el descanso perfecto. De ninguna manera le preocupaba la muerte. La ley
humana que lo condenaba solamente apresuraba el cumplimiento inevitable de la ley natural a la
que todos estamos sujetos. El era médium vidente y audiente, consultaba siempre a su demonio o
espíritu protector, conocía el problema de la supervivencia espiritual; pero hablaba a hombres que
no tenía esa experiencia y usaba el raciocinio más apropiado al momento.
Ese episodio nos muestra que el miedo a la muerte no era tan angustiante entre los griegos
paganos; que ellos encontraban en el pensamiento de los filósofos una consolación racional que la
Iglesia Cristiana jamás ha ofrecido a sus adeptos, siempre aterrorizados por el juicio final, la ira de
Dios y las crueldades eternas a que estarían sujetos si cayesen en las garras del Diablo.
Entre los celtas, en las Galias devastadas por la brutal conquista romana, los bardos cantaban en los tríadas druídicas la felicidad de los que sobrevivían después de una existencia dedicada al cumplimiento de los deberes humanos. La muerte no los asustaba. Mas el terror cristiano a la muerte, en la era teológica de la deformación del Cristianismo, revistió a la muerte con todos los aparatos trágicos de una civilización insegura y angustiada, sembrando el terror en lamente popular.
La presión aplastante de esa forma coercitiva de terrorismo mental, como en todos los
excesos, generó la revuelta y la descreencia, llevando a los cristianos a optar por la segunda alternativa expuesta por Sócrates: el materialismo, inconsecuente, sí, pero, al menos, racional. Esto era natural e inevitable. Solamente el regreso a la experiencia empírica podía detener la
evasión mística, reconducir a los hombres al buen sentido, a las medidas controladoras del
pensamiento racional. El deseo de librarse del acondicionamiento material, provocado por los
éxtasis místicos, por los delirios de la imaginación excitada, fue motivo de lamentaciones
primeramente para Descartes con su duda metódica y poco después para el escepticismo desolador
y el materialismo árido que juzgaban que era necesario vaciar el mundo de las alucinaciones
teológicas para que el hombre volviese a pisar el suelo, a palpar la tierra.
Si Kardec señaló más tarde que la finalidad del Espiritismo era transformar el mundo,
apartando al hombre del egoísmo y del materialismo, fue porque, en su tiempo, la victoria de la
razón ya se definía, a través de las conquistas científicas de tres siglos, (XVI, XVII y XVIII),
preparando al siglo XIX para el Renacimiento Cristiano mediante el Espiritismo.
En esa etapa, tan próxima a la nuestra, urgía restablecer en el hombre la fe basada en la
razón, mostrarle que la insensatez mística debía ser corregida por la experiencia no menos insensata
del materialismo. Si la mística llevaba al hombre a querer huir de las limitaciones corporales a
través de cilicios y aislamientos negativos, que lo apartaban de las experiencias de la relaciones
humanas; el materialismo lo llevaba a aferrarse al cuerpo, perdiendo la visión espiritual de su
realidad subjetiva. La gran tarea del Espiritismo se definía con certeza: era contener la emoción y la
imaginación, unir la fe a la razón, enmarcar al psiquismo humano en la realidad terrenal.. Era lo que Jesús había hecho en Palestina combatiendo los excesos del misticismo judío y las miserias del materialismo saduceo. El Espiritismo daba continuidad, casi dos mil años después, al pensamiento cristiano desfigurado por el sincretismo religioso de los clérigos ambiciosos que no vacilaron en cambiar el Reino de Dios por los reinos de la Tierra. Kardec podía entonces proclamar la verdad sencilla que no había sido aceptada por falta de cualidades culturales válidas: EL ESPÍRITU NO ES SOBRENATURAL, SINO NATURAL, ES EL COPARTÍCIPE DE LA MATERIA EN LA CONSTITUCIÓN DE UNA REALIDAD ÚNICA, LA REALIDAD ESPÍRITU
- MATERIA DEL MUNDO Y DEL HOMBRE.
La conclusión de Kardec es límpida y simple: LOS ESPÍRITUS SON UNA DE LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA. Sin comprender eso no podremos comprender el Espiritismo. ESPÍRITU Y MATERIA SON LOS DOS ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE TODA LA REALIDAD. Esos elementos son dimensionales, constituyen dimensiones diversas de la realidad única. No podemos dividirlos en natural y sobrenatural, pues ambos se funden en la unidad real de la Naturaleza, como la Ciencia actual lo demuestra, aunque sin comprender todavía sus conexiones profundas y sutiles.
 León Denís, discípulo y continuador de Kardec, consideró el Espiritismo como la síntesis conceptual de toda la realidad. El misterio de la Trinidad, que se manifiesta en forma mitológica o mística en todas las grandes religiones del mundo, se define en la racionalidad espírita con la terminología de la explicación kardeciana.

Dios,
Espíritu,
Materia.

Dios es la Inteligencia Suprema, la Conciencia Cósmica de donde todo deriva y que a todo
controla. Solamente El es sobrenatural, pues, se sobrepone a toda la Naturaleza. Es la Unidad
Solitaria de la conceptuación pitagórica, que se mantiene en lo Inefable. Ese es su aspecto
transcendente.
Mas Pitágoras nos habla de un estremecimiento de la Unidad que desencadenó la Década,
generando el Universo. Y tenemos así el aspecto inmanente de Dios, que se proyecta en su creación
y a ella se une, haciéndose espontáneamente su alma y su ley. De esta manera, lo propiamente
Sobrenatural se vuelve Natural. La Conciencia Cósmica impregna el Cosmos y le imprime el
esquema infinito de sus designios.
Leibnitz desarrolló la teoría de la mónada para explicar filosóficamente el proceso de la creación.
Las mónadas serían partículas infinitesimales del pensamiento divino que, como las semillas, traen
en sí mismas el plan secreto de lo que va a ser creado. De la actividad de las mónadas, invisibles a
nuestros ojos, se forman los reinos naturales.

Mineral,
Vegetal,
Animal,
Hominal,
Espiritual.
 Este proceso creador es explicado por Kardec, bajo la orientación del Espíritu de la Verdad,
como un desarrollo incesante de las potencialidades monádicas, en un flujo evolutivo que sube sin
cesar desde los reinos inferiores hacia los reinos superiores.
León Denís explica ese flujo en una expresión poética: “El alma duerme en la piedra, sueña en el
vegetal, se agita en el animal y se despierta en el hombre.” Dios, la Ley Suprema, controla todo ese
proceso en sus mínimos detalles. El alma es la mónada, principio individual que se caracteriza
como principio inteligente en El Libro de los Espíritus. Es así como el espíritu estructura la materia
dispersa en el espacio infinito.
Las hipótesis científicas del Universo Finito provienen de la incapacidad de la Ciencia para abarcar
la infinitud cósmica. Kardec advierte que, por más que ampliemos los límites supuestos del
Universo, siempre habrá en nuestra imaginación una infinita continuidad del espacio cósmico. La
consideración científica de los límites es puramente metodológica, determinada por la necesidad de
orden en nuestra mente. La propia Creación es infinita, incesante.
Gustavo Geley, metapsíquico francés, considera la mónada como un dínamo - psiquismo
inconsciente que dirige la constante metamorfosis de las cosas en seres, hasta llegar al hombre, que
a su vez, tomando conciencia de su destino, se transforma en ángel, integrando el reino espiritual de
la Angelitud, el de los Espíritus Superiores.
En esa cosmogonía dinámica vemos que nada escapa del plano natural. Los espíritus nacen de
las entrañas de la materia, están insertados en ella y dentro de ella se metamorfosean. Los filósofos
existencialistas de nuestro tiempo refrendan en sus teorías esa concepción naturalista del espíritu.
Pues, ¿qué es el espíritu sino la propia criatura humana? La muerte nos muestra que el cuerpo
perece, mas el espíritu no.
Enseñaba el Padre Vieira: “¿Queréis saber lo que es el alma? Mirad un cuerpo sin alma.” La
Filosofía Existencialista proclama: “La existencia es subjetividad pura.” Y la existencia, en este
caso, es el espíritu que hace del hombre un existente, un ser que existe, que sabe qué es, y por qué
existe, y busca su trascendencia. La Vida es común a todas las cosas y a todos los seres, mas la
Existencia es la condición específica del hombre, que no se limita a vivir, sino que lucha para
trascenderse. En esa trascendencia el hombre pasa de la humanitud (el reino hominal) hacia la
angelitud (el reino espiritual). Siendo el espíritu nuestra propia esencia, lo que somos realmente con
toda nuestra personalidad, es evidente que el espíritu no es sobrenatural, sino natural, un elemento
vivo y dinámico de la Naturaleza. Cuando tomamos conciencia de esa concepción espírita del
mundo y del hombre, la realidad se impone a nuestra mente, ahuyentando las confusas e
incongruentes fabulaciones teológicas.
Herculano Pires.

viernes, 4 de septiembre de 2015

-BIBLIA Y EVANGELIO

La Biblia (cuyo nombre quiere decir simplemente: El Libro) es, en verdad, una biblioteca, que reúne los libros diversos de la religión hebraica. Representa la codificación de la primera revelación del ciclo del Cristianismo. Libros escritos por varios autores están recopilados en ella, en número de 42. Todos fueron escritos en hebraico y arameo y traducidos más tarde al latín por San Jerónimo, en la conocida Vulgata Latina, en el siglo V de nuestra era. Las iglesias católicas y protestantes juntaron a ese libro los Evangelios de Jesús, dando a éstos el nombre general de Nuevo Testamento.
El Evangelio, tal como se suele designar al Nuevo Testamento, de hecho no pertenece a la Biblia. Es otro libro, escrito mucho más tarde, con la recopilación de los varios escritos sobre Jesús y sus enseñanzas. El Evangelio es la codificación de la segunda revelación cristiana. Trae un nuevo mensaje, sustituyendo al Dios-guerrero de la Biblia por el Dios-amor del Sermón de la Montaña. En el Espiritismo no debemos confundir esos dos libros, sino reconocer la línea histórica y profética, el linaje espiritual que los liga. Son, por tanto, dos libros distintos.
El Espiritismo
La antigua religión hebraica es generalmente conocida como Mosaísmo, porque surgió y se desarrolló con Moisés. La nueva religión de los Evangelios es designada como Cristianismo, porque viene de la enseñanza de Cristo. Pero, al igual que en las páginas de la Biblia está anunciado el adviento de Cristo, también en las páginas del Evangelio está anunciado el adviento del Espíritu de Verdad. Este adviento se produjo en el siglo pasado, con la tercera y última revelación cristiana, llamada revelación espírita. Cinco nuevos libros aparecen, entonces, escritos por Kardec, pero dictados, inspirados y orientados por el Espíritu de Verdad y otros Espíritus Superiores. Los cinco libros fundamentales del Espiritismo, que tienen como base El Libro de los Espíritus, representan la codificación de la tercera revelación. Esta revelación se llama Espiritismo porque fue dada por los Espíritus. Su finalidad es esclarecer las enseñanzas anteriores, conforme a la mentalidad moderna, ya suficientemente aireada y evolucionada para comprender las alegorías y símbolos
contenidos en la Biblia y en el Evangelio. Pero se equivocan aquellos que piensan que la Codificación del Espiritismo contraría o reforma el Evangelio.

LIBERTAD IGUALDAD Y FRATERNIDAD.

Hay dias en que bien vale la pena de encontrarnos con las paginas de los escritos del insigne codificador y discernir acerca del contenido de sus palabras y autoexaminarnos en que punto estamos y hacia que direccion vamos. Así mismo llenarnos de esas esperanzas vivas que estuvieron en él y aun hoy asi como en  cada uno de nosotros encarnados y desencarnados en la lucha por la causa de la Doctrina en el que Cristianismo Redivivo como Espiritismo en estos tiempos en que vivimos sea la bandera solidaria que nos sostenga en el camino para los dias mejores que en la vida futura se vislumbran.

Recorramos estas lineas y transcribamoslas a nuestra alma ávida de saber y de sentir...

Libertad, Igualdad y Fraternidad: he aquí tres palabras que constituyen por sí solas el programa de todo un orden social que realizaría el progreso más absoluto de la humanidad, si los principios que las mismas representan pudieran recibir entera aplicación. Pero veamos los obstáculos que en el estado actual de la sociedad se oponen a ello y busquemos el remedio en vista del mal.
La palabra Fraternidad, en su rigurosa acepción, resume todos los deberes del hombre respecto de sus semejantes. Fraternidad, es lo mismo que decir: desinterés, abnegación, tolerancia e indulgencia; es, en una palabra, la caridad evangélica en toda su pureza, y la aplicación de la máxima "amar a los demás del mismo modo que quisiéramos ser amados". El egoísmo es el opuesto de la fraternidad, pues al paso que esta dice "uno para todos y todos para uno", el primero dice simplemente "cada uno para si". Por lo expresado se ve que esas dos cualidades son la absoluta negación una de otra; de modo que tan imposible es al
egoísta obrar fraternalmente con los demás hombres, como a un avaro ser generoso y a un hombre de pequeña talla alcanzar la de un hombre alto; y que mientras el egoísmo siga siendo la plaga dominante de la sociedad, el reinado de la verdadera fraternidad será imposible, porque cada uno querrá la fraternidad para sí y no para hacer participes de sus beneficios a sus semejantes, y si acaso lo hace, será después de haberse asegurado que aquel acto ha de redundar en provecho propio.
Considerada la fraternidad desde el punto de vista de su importancia para la realización del bienestar social, se ve que es la base de este, porque sin ella, no podrían existir formalmente ni la libertad, ni la igualdad, que brota de la fraternidad, como la libertad es consecuencia de la fraternidad y la igualdad juntas.
En efecto, si suponemos una sociedad de hombres bastante desinteresados y bondadosos para vivir fraternalmente, entre ellos no habrá privilegios ni derechos excepcionales, pues de otro modo, no existirla verdadera fraternidad. Tratar a su semejante de hermano es tratarle de igual a igual; es desearle cuanto uno mismo
desea para sí, y en un pueblo de hermanos, la igualdad será la consecuencia, de su modo de obrar en relación natural de sus sentimientos, y se establecer por la fuerza de las circunstancias. Pero aquí nos encontramos con el orgullo que siempre quiere dominar y ser el primero en todas las cosas, y que solo se alimenta de privilegios y excepciones: sufrirá tal vez la igualdad social, pero no la fundará jamás, y si acaso se establece, aprovechar la primera ocasión para destruirla. Así es que siendo el orgullo otra de las plagas de la sociedad, mientras no se le destruya del todo, será un obstáculo para el reinado de la verdadera igualdad.
Hemos dicho que la libertad es hija de la fraternidad y de la igualdad, pero debe entenderse que aquí hablamos de la libertad legal y no de la libertad natural, que de derecho es imprescriptible para toda criatura humana, desde el salvaje hasta el hombre civilizado. Viviendo los hombres como hermanos, con idénticos derechos y animados de un sentimiento de benevolencia mutua, practicarán entre ellos la justicia, y no trataran de causarse daño ni perjuicio alguno, y no teniendo, por la tanto, absolutamente nada que temer unos de otros, la libertad estará asegurada, porque ninguno tratara de abusar de ella en perjuicio de sus semejantes. Pero como no es posible que ni el egoísmo, ni el orgullo, deseosos de ejercer su dominio eternamente, consientan en el entronizamiento de la libertad que los destruiría, se sigue de aquí, que los enemigos de la libertad son a la vez el egoísmo y el orgullo, así como ya hemos demostrado que lo son también de la igualdad y la fraternidad.
La libertad supone la confianza mutua, y esta no puede haberla entre individuos movidos por el sentimiento exclusivista de la personalidad, que quieren ver satisfechos sus deseos a costa de sus semejantes, lo cual motiva que unos individuos estén recelosos constantemente de los otros. Temerosos siempre de perder lo que ellos llaman sus derechos, hace que su existencia se consagre a. la dominación y este es el motivo por el cual esos tales pondrían constantemente obstáculos a la libertad e impedirían su reinado mientras puedan.
Esos tres principios, son, pues, solidarios unos de otros, y se apoyan entre si, de suerte que sin su reunión, el edificio social seria incompleto. La fraternidad practicada en toda su pureza ha de ir acompañada de la igualdad y la libertad, porque de otro modo ya no sería verdadera fraternidad. La libertad sin la fraternidad, es la rienda suelta a todas las malas pasiones, es la anarquía y la licencia; al paso que con la fraternidad, es el orden, porque el hombre no puede hacer mal uso de su libertad. Sin la fraternidad, el hombre hace uso de la libertad solamente para toda clase de bajezas, y esto explica por que las naciones más libres se ven obligadas a fijar límites a la libertad. Practicar la igualdad sin la fraternidad conduce a idénticos resultados, porque la igualdad quiere la libertad; y además, ofrece el inconveniente de que con el pretexto de igualdad, el proletario quiere sustituir al poderoso que llama su tirano, sin reparar en que él se constituye en tirano a su vez. Pero, ¿Se sigue de esto que sea preciso mantener a los hombres en estado de servidumbre hasta que comprendan el sentido de la verdadera fraternidad, y que no puedan vivir al amparo de instituciones fundadas sobre los principios de igualdad y libertad Sostener semejante opinión, más que un error, sería un absurdo. Nunca se espera que un niño llegue a su mayor desarrollo para enseñarle a andar. Pero veamos que hombres son los que más a menudo ejercen su tutela sobre los demás; ¿son, por ventura, los que teniendo ideas grandes y generosas, se guían solo por el amor al progreso y aprovechan la sumisión de los demás para desarrollar en ellos el sentimiento de lo justo y llevarlos paso a paso a la condición de hombres libres? Desgraciadamente no, porque, por lo regular, estos tales son déspotas celosos de su poderío, a quienes conviene mantener en la ignorancia a los demás hombres, de los que se sirven como instrumentos más inteligentes que los animales para satisfacer su ambición y desenfrenadas pasiones. Pero este estado de cosas cambia por sí mismo y por la violencia irresistible del progreso; y la reacción es tanto más terrible cuanto que el sentimiento de la fraternidad, imprudentemente anulado, no puede interponer su influencia moderadora entre los desheredados y los poderosos, que luchan, unos para adquirir, y otros para retener, naciendo de aquí un conflicto que dura a veces largos siglos. Llega, por fin, a establecerse un equilibrio ficticio; algo se ha logrado, pero se conoce siempre que los cimientos de la sociedad no son sólidos; el suelo tiembla, y es porque no se ha establecido todavía el reinado de la libertad y la igualdad bajo la égida de la fraternidad, y si esto no se ha logrado, acháquese la falta al orgullo y al egoísmo, que oponen siempre una valla insuperable a los esfuerzos de los hombres de buena voluntad.
Aquellos que sueñan con esa edad de oro para la humanidad, deben, ante todo, asegurar la base del edificio por medio de la fraternidad en su más pura acepción; pero no crean que basta decretarla o inscribir aquella palabra en una bandera; es menester que esté en el corazón del hombre, y ya se sabe que el corazón del hombre no se cambia con meros decretos. De la misma manera que para que un campo produzca es preciso librarlo antes de las piedras y zarzales, trabájese, sin darse punto de reposo, en extirpar el maldito virus del orgullo y el egoísmo; porque en ellos esta el verdadero obstáculo que se opone al advenimiento del reinado del bien. Bórrense de las leyes y las instituciones, de las religiones y de la educación, los últimos restos del tiempo de la barbarie y los privilegios; destrúyanse por completo todas las causas que dan vida y desarrollo a estos eternos obstáculos del verdadero progreso, y que por decirlo así, se aspiran por todos los poros en la atmósfera social, y entonces, los hombres comprenderán los deberes y beneficios que consigo lleva la fraternidad y se establecerán por si solas la libertad y la igualdad, sin violencia y sin peligro de ninguna especie.
¿Es posible la destrucción del orgullo y del egoísmo? Nosotros decimos redondamente que si, porque de lo contrario sería preciso señalar un término a la humanidad. Que el hombre crece en inteligencia es un hecho indiscutible. ¿Ha llegado ya al punto culminante que no se pueda traspasar? Sostener esta tesis sería un absurdo. ¿Progresa en moralidad? Basta, para toda respuesta, comparar las épocas de una misma nación. ¿Por que, pues, habría llegado antes el limite del progreso moral que el del intelectual? La aspiración del hombre hacia un orden de cosas mejor que el actual, es un indicio cierto de la posibilidad de llegar a él. A los hombres amantes del progreso toca, pues, el activar este movimiento por el estudio y la practica de los medios que se crean mas eficaces.


OBRAS POSTUMAS.

CARACTERES DE LA PERFECCION

                                         “Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os
odian, y orad por los que os persiguen y calumnian; porque si
sólo amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No
hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente
a vuestros hermanos, ¿qué hacéis con eso más que los otros? ¿No
hacen lo mismo los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos, como
vuestro Padre celestial es perfecto.” (San Mateo, 5:44, 46 a 48.)
 Puesto que Dios posee la perfección infinita en todas las cosas, esta máxima: “Sed perfectos, como vuestro
Padre celestial es perfecto”, tomada literalmente supondría la posibilidad de alcanzar la perfección absoluta. Si le fuese dado a la criatura ser tan perfecta como el Creador, llegaría a ser igual a Él, lo que es inadmisible. Pero los hombres a quienes se dirigía Jesús no hubieran comprendido esa diferencia, por eso se limita a presentarles un modelo y a decirles que se esfuercen por alcanzarlo.
Así pues, es preciso entender esas palabras en el sentido de la perfección relativa de que la humanidad
es capaz y que más la aproxima a la Divinidad. ¿En qué consiste esa perfección? Jesús lo dijo: “Amemos a nuestros enemigos, hagamos el bien a los que nos odian, oremos por los que nos persiguen”. Él enseña con eso que la esencia de la perfección es la caridad en su más amplia acepción, porque implica la práctica de las demás virtudes.

 ¿Por qué la búsqueda de la perfección implica amarnos inclusive a nuestros enemigos y hacer el bien a los que nos odian, persiguen o calumnian?
Porque la perfección sólo se alcanza cuando el corazón se ve despojado de toda y cualquier mancha de rencor, odio y resentimiento para con el semejante.
2 ¿Qué importancia tiene nuestro enemigo en lo tocante a nuestro perfeccionamiento?
Nuestro enemigo es puesto por Dios a nuestro lado, con el fin de que seamos advertidos con más franqueza de lo que haría un amigo, por cuanto aquél ningún interés tiene en enmascarar la verdad.
3 ¿Cuál es la ventaja de sólo amar a quien nos ama?
Ninguna, pues obrar así es un simple deber de gratitud.
4 ¿En qué consiste la perfección a que la humanidad es capaz de alcanzar, y que más la aproxima a la divinidad?
En la práctica del mandamiento de Jesús, que nos enseña a “…amar a vuestros enemigos, hacer el bien a los que os odian, y orar por los que os persiguen.”

“Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian y orad por los que os persiguen y calumnian.”
El enemigo, aparente obstáculo a nuestra caminata es, en verdad, instrumento de nuestro perfeccionamiento.
“porque si solamente amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Los criminales y los malhechores también aman a aquellos que les son queridos.
“…la esencia de la perfección es la caridad en su más amplia acepción, porque implica la práctica de todas las otras virtudes.
¿Seremos perfectos todos un día? Sin duda. Tenemos en nosotros el germen de todas las virtudes, que se desarrollan en función de nuestro libre albedrío.
6 ¿Qué regla máxima nos concede Dios, para que más rápidamente conquistemos la perfección?
El Evangelio de Jesús, en su sencillez, sin los aparatos perecibles de la falsa intelectualidad. El Evangelio contiene las leyes morales de la vida, cuya carencia de conocimiento y aplicación es el problema prioritario de la humanidad.
“Todos los vicios tienen su principio en el egoísmo y en el orgullo, que son la negación de la caridad”.
“…los elementos de la verdadera caridad son: la benevolencia, la indulgencia, la abnegación y la dedicación o devocion.